La vida en Cristo: los sacramentos

"Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20): he aquí lo que prometió el Resucitado a sus discípulos. El día de Pentecostés descubren de qué modo cumple Jesús su promesa: les envía su Espíritu, que los modela conforme a la figura de Cristo, es decir, los hace partícipes de su vida y les permite decir a Dios, como él: "¡Abba, Padre!" (Gal 4, 6). Llenos de entusiasmo, los discípulos salen a las calles y proclaman: ¡Sabedlo todos! Jesús de Nazaret, que fue colgado en la cruz y murió, es el Señor y Mesías. Resucitó. Dios lo exaltó y le dio un puesto de honor a su derecha. Jesús vendrá de nuevo en gloria. Creed en él y confiad en el evangelio que os anunciamos. Muchos de los oyentes se conmovieron y se hicieron bautizar (Hch 2).

En todas partes donde se proclama el evangelio como Buena Noticia, se forman comunidades cristianas. Surge un nuevo pueblo de Dios: la Iglesia de Jesucristo. Esta Iglesia está unida a su Señor, como los miembros al cuerpo y el sarmiento a la vid. Jesucristo actúa por medio de la Iglesia y en la Iglesia. Los gestos de la Iglesia son la prolongación de los gestos salvíficos de Cristo: son los sacramentos.

La Iglesia misma es signo del amor y la cercanía del Dios oculto; ella comunica realmente este amor salvífico. Por ello se dice que ella es un "sacramento", sobre el que se fundamentan todos los sacramentos que ofrece a quienes acogen la fe.

Siete sacramentos

"Los Sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos por Cristo y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos. He aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida espiritual". CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA (CEC) 1210

Sacramentos: Son signos de salvación, instituidos por Jesucristo en su Iglesia; son prendas de su existencia en la Iglesia y con la Iglesia. El Bautismo fundamenta la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, en el comienzo de la vida cristiana. En la Confirmación, los bautizados son fortalecidos y santificados por el don del Espíritu. La Eucaristía permite a los creyentes participar en la vida de su Señor y hace de ellos una comunidad. El sacramento de la Penitencia concede al pecador la reconciliación y el perdón. La Unción ofrece al enfermo esperanza y consuelo. En el sacramento del Orden se confiere un ministerio especial en la Iglesia a los diáconos, presbíteros y obispos. En el sacramento del Matrimonio, los esposos se prometen mutuamente amor y fidelidad; la comunidad que ellos crean es imagen de la comunidad de los creyentes instituida por Dios. Los sacramentos son signos visibles de la realidad invisible de la salvación que significan. Puesto que Dios los concede, los sacramentos realizan lo que significan: por ellos, recibimos el don de la gracia, es decir, de la vida misma de Dios.

El Bautismo

La predicación del apóstol San Pedro en Jerusalén, el día de Pentecostés, llega al corazón de muchos de sus oyentes. Éstos preguntan a San Pedro y a los demás apóstoles: "¿Qué hemos de hacer?" Siguiendo el mandato del Señor (Mt 28, 19), San Pedro responde: "Convertios y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2, 37-38).

Juan Bautista había predicado un Bautismo de agua y de arrepentimiento para preparar la venida del Mesías, y Jesús quiso recibir ese Bautismo de Juan en el Jordán como "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29), "Bautizar" viene de una palabra griega que significa "sumergir". Al sumergirse (bautizarse) en la muerte para la salvación del mundo (cf. CEC 1225), Jesús nos dio el Bautismo en el Espíritu, a fin de que todos los hombres puedan renacer del agua y del Espíritu para entrar en el Reino de Dios (Jn 3, 5).

El Bautismo es el sacramento común a todos los cristianos. La iglesia lo administra conforme a la misión que el Señor le ha confiado: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19). Los ministros ordinarios del Bautismo son el obispo, el sacerdote o el diácono. En caso de necesidad grave, cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar, si tiene voluntad de realizar lo mismo que hace la Iglesia cuando bautiza (cf. CEC 1256).

El Bautismo vale de una vez para siempre. No puede ni revocarse ni reiterarse, porque imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble de su pertenencia a Cristo. Este sello indeleble, al que se le llama "carácter bautismal", no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación (cf. CEC 1272).

El Bautismo establece una relación personal con cada una de la Personas de la Santísima Trinidad: el Espíritu Santo derrama en nosotros la gracia santificante que nos hace "partícipes de la naturaleza divina" (2 Pe 1, 4). Esto significa que somos hijos adoptivos de Dios en Cristo Jesús, que es el Hijo único del Padre. La gracia santificante implica las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad, gracias a las cuales podemos conocer a Dios como él se conoce, amarlo como él se ama, y esperar vivir para siempre en comunión con él, según su voluntad. La gracia implica también los dones del Espíritu Santo, por los cuales el Espíritu Santo nos hace vivir y actuar bajo su impulso (CEC 1266).

Así, el Bautismo nos asocia al sacerdocio de Cristo, a su misión de sacerdote, profeta y rey. es decir, nos permite ofrecernos con él al Padre, ser testigos del evangelio y consagrar el mundo a Dios: es el sacerdocio común de los fieles.

El Bautismo borra el pecado original, perdona los pecados, nos hace hijos de Dios, hermanos y hermanas de Jesucristo, miembros de la Iglesia. Si somos fieles a Cristo en la fe, la esperanza y la caridad, la gracia recibida en el Bautismo actúa en nosotros y se acrecienta. El Bautismo encuentra, pues, su plena realización en la santidad a la que estamos todos llamados y que se realiza progresivamente gracias al crecimiento de la vida de Dios en nosotros.

La Iglesia llama al Bautismo tanto a los niños como a los adultos. Los que reciben el Bautismo en la edad adulta pasan primero por una fase de aprendizaje de la fe: es el catecumenado, que los conduce por etapas al Bautismo y los incorpora a la Iglesia. El Bautismo se administra de la siguiente manera: por tres veces se sumerge al catecúmeno en la pila bautismal, o por tres veces se derrama agua sobre su cabeza mientras el celebrante pronuncia las siguientes palabras: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".

Bautismo: Significa "sumergir en el agua", que es el elemento de la vida. Cuando una persona no bautizada entrega su vida por Jesucristo (es decir, cuando sufre el martirio), recibe el "Bautismo de sangre". Se habla también de "Bautismo de deseo" cuando los no bautizados realizan el bien, se entregan en favor del prójimo y. de este modo -consciente o inconscientemente-, siguen a Cristo. Acerca de los niños que mueren sin Bautismo, creemos que Dios nuestro Señor, en su misericordia, no los abandona.

Catecumenado: Es el tiempo de preparación al Bautismo mediante la iniciación en la fe y en la vida cristiana, en el caso del bautizo de un adulto. En cuanto a los bautizos de niños, este catecumenado tiene lugar, lógicamente, después del bautizo, cuando alcanzan la edad en que pueden comprender y desear que se desarrolle en ellos la gracia del Bautismo que recibieron al nacer. Es lo que se llama la catequesis (cf. CEC 1231).

La Confirmación

El sacramento de la Confirmación nos concede una efusión especial del Espíritu Santo, como la que recibieron los apóstoles el día de Pentecostés. Este sacramento es necesario "para la plenitud de la gracia bautismal" (CEC 1285). El obispo (o su representante autorizado) impone las manos a los confirmandos e implora para ellos el don del Espíritu Santo. Después unge la frente del confirmando con el santo crisma (el aceite consagrado) y le dice: "Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo". Le marca, así, con el sello del Espíritu de Dios, para que se reconozca a quién pertenece el cristiano, de manera parecida a como se marcaba a los esclavos con la señal de su amo. Los confirmandos renuevan las promesas del Bautismo

Bajo el impulso del Espíritu Santo, los confirmandos dicen "sí" a Cristo, declaran su disposición a seguirle y su firme voluntad de jamás renegar de su fe. Proclaman su decisión de comprometerse con la Iglesia y ayudar a sus hermanos y hermanas. No se espera a que sean mayores porque la gracia tenga necesidad de ser ratificada por cada confirmando para hacerse efectiva. Al contrario, el cristiano sólo puede hacer plenamente suya la gracia de su Bautismo gracias a la Confirmación.

Al igual que el Bautismo, la Confirmación imprime también en el alma un carácter espiritual, un sello indeleble. Por eso, este sacramento sólo puede recibirse una vez.

"La Confirmación perfecciona la gracia bautismal; es el sacramento que da el Espíritu Santo para enraizamos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras" (CEC 1316). Los adultos reciben la Confirmación juntamente con el Bautismo

La Eucaristía

El sacramento de la Eucaristía es el centro y el corazón de la liturgia de la Iglesia de Jesucristo, porque en este sacramento se cumple, día tras día, en todo el mundo, el encargo dado por Jesús a sus apóstoles, en la víspera de su Pasión, cuando les dijo: "Haced esto en conmemoración mía". Por eso, nuestra celebración se funda en el memorial de la Última Cena de Jesús, tal corno lo relata San Pablo al dar su testimonio sobre esta santa tradición.

"Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: 'Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío'. Asimismo, tomó también la copa después de cenar, diciendo: 'Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío'" (1 Cor II, 23-25).

El sacrificio de Jesucristo edifica la comunidad. Cuando la Iglesia -cada comunidad cristiana y, especialmente, cada parroquia- celebra la Eucaristía, debe tomar conciencia de esto. Ella se manifiesta también como comunidad de acción de gracias y alabanza, comunidad en la que se comparte la comunión.

La Eucaristía es el memorial de la Última Cena de Jesús y de su sacrificio en la cruz. No es sólo el recuerdo de acontecimientos pasados, sino la reactualización de dichos acontecimientos. En cada Eucaristía, Cristo se hace presente y realiza los mismos actos de su Pascua: su muerte y su resurrección que nos salvan, nos dan su vida y nos unen a él. La Eucaristía es un sacrificio porque hace presente el único sacrificio de la cruz (cf. CEC 1363-1366).

Al comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los cristianos se unen personalmente a él. Al recibir el mismo pan, que es el Cuerpo mismo de Cristo, los cristianos se unen, asimismo, los unos a los otros de la manera más profunda e íntima que es posible. Por eso la Eucaristía hace Iglesia. La unión al Cuerpo eucarístico construye el Cuerpo místico de Cristo: "Como hay un solo pan, aun siendo muchos formamos un solo cuerpo, pues todos y cada uno participamos de ese único pan" (1 Cor 10, 16-17). Debido a ello, la Eucaristía es la inauguración del banquete de la gloria venidera, el "festín de las bodas del Cordero" (Ap 19, 9), como dice el sacerdote cuando invita a los fieles a comulgar en la misa de rito latino (cf. CEC 1130 y 1402-1403).

La Eucaristía es inseparable de la caridad fraterna.

Eucaristía: Significa "acción de gracias". Este nombre se aplica a toda la celebración. Pero también se llama Eucaristía a la liturgia eucarística que constituye la tercera parte de la misa, con la Plegaria Eucarística. después de la liturgia de la Palabra. Asimismo, se llama también Eucaristía a la hostia, el pan consagrado que recibimos en la comunión y que adoramos en el tabernáculo en todo momento. Cuando queremos decir que el sacrificio de Jesucristo se actualiza en la celebración eucarística. hablamos del "santo sacrificio". El nombre más antiguo dado a este sacramento es "Fracción del pan", que designa el gesto de partir el pan (Lc 24, 35; Hch 2, 42; 20, 7.11). El nombre de "Santa Misa" hace referencia al final de la celebración, cuando se encomienda a ios fieles la misión ("missio", en latín) de ser testigos de Jesucristo en su vida cotidiana y dondequiera que vivan. La Eu¬caristía es el corazón y la cima de la vida eclesial. Constituye la expresión más perfecta del culto que rendimos a Dios.

Consagración: Las palabras de Jesús "Esto es mi cuerpo", "Esto es mi sangre", no son una simple metáfora o comparación. Nosotros creemos que, en la celebración eucarística, el pan y el vino -nuestras ofrendas- se convierten en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor, sin perder su aspecto visible. Creemos que, en el sacramento de la Eucaristía, "se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende. Cristo entero" (definición del Concilio de Trento, que tuvo lugar de 1545 a 1563). A este misterio de la fe nos referimos cuando hablamos de "consagración".

Sacrificio: "Nuestro Salvador, en la última cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar a la Iglesia... el memorial de su muerte y resurrección" (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium 47).

Penitencia y Reconciliación

Jesús, en sus parábolas, habla de un Dios que ama a los hombres como un padre o una madre ama a su hijo y espera su regreso al borde del camino (Lc 15, 11-24). Su amor no se cansa nunca. Perdura, aunque las personas amadas sigan su propio camino, desoyendo sus palabras y quebrantando sus mandamientos

Jesús habla del Padre. Exhorta vivamente al pueblo -a cada persona en particular- a convertirse y volverse hacia el Padre, que es lento para encolerizarse y pronto para perdonar. Jesús, con la autoridad del Padre, promete a los pecadores reconciliación y perdón: una vida nueva. Su Iglesia, la comunidad de hermanos y hermanas de Jesús, es el lugar de encuentro en el que el hijo pródigo, arrepentido, ve cómo el Padre le recibe con los brazos abiertos y se alegra porque un hermano o un hijo, una hermana o una hija han sido encontrados.

A quienes se escandalizan de que trate con pecadores, Jesús les dice: "Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión" (Lc 15, 7).

Para realizar esta misión de la Iglesia. Jesús, al anochecer del día de Pascua, infunde el Espíritu Santo a sus apóstoles y les concede autoridad para perdonar los pecados (Jn 20, 22-23). También para este ministerio de reconciliación, Jesús le promete a Pedro, piedra fundamental de su Iglesia: "Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16, 19).

El perdón de los pecados, que proclamamos en el Credo, se realiza de forma concreta para cada uno de nosotros en el sacramento de la Penitencia. Todo bautiza¬do puede recibir el sacramento de la Reconciliación por medio de un sacerdote que haya obtenido de la Iglesia autoridad para hacerlo. La persona que después del Bautismo haya cometido un pecado grave tiene que reconciliarse con Dios y con la comunidad de los fieles antes de recibir la sagrada Comunión. Al pecador se le exige que reconozca su culpa en el sacramento de la Reconciliación y tenga propósito firme de cambiar su vida, confiese sus pecados y esté dispuesto a reparar sus culpas, en la medida de lo posible, y acepte la penitencia que el sacerdo¬te le imponga.

El sacramento de la Reconciliación no es solamente un asunto privado; nos reconcilia con la Iglesia al restaurar la comunión fraterna que el pecado había debilitado o roto (cf. CEC 1469). Por la comunión de los santos, existe entre los creyentes un intercambio maravilloso en el que la santidad de cada uno aprovecha a los demás (cf. CEC 1475), porque cada uno lleva el peso de sus hermanos.

Conversión: Significa que uno se aparta del mal y está dispuesto resueltamente a un nuevo comienzo. Cuando se habla del sacramento de la Penitencia, se acentúa que el pecador está firmemente dispuesto a reparar su culpa. Se habla de confesión cuando se trata de la confesión individual de los pecados; suele denominarse también sacramento de la Reconciliación.

Perdón: "La confesión individual e íntegra de los pecados graves seguida de la absolución es el único medio ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia" (CEC 1497).

Pecado: "Conviene valorar los pecados según su gravedad. La distinción entre pecado mortal y venial, perceptible ya en la Escritura, se ha impuesto en la tradición de la Iglesia. La experiencia de los hombres la corrobora" (CEC 1854).

"Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento" (CEC 1857). "Se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento" (CEC 1862).

La Unción de los enfermos

Cuando las personas se ponen enfermas, su vida cambia. A menudo ni siquiera pueden ya cuidar de sí mismas, y dependen de la ayuda de otros. No pueden ir hacia otras personas; deben esperar que las otras vayan hacia ellas. Carecen de "rendimiento". Sucede a veces que, a los ojos de la sociedad, ya no "valen" nada. Con frecuencia se quedan solas, y pierden el ánimo y la esperanza.

Jesús no esquivó el trato con los enfermos; les hizo ver que Dios los ama, y curó a muchos, pues vino a salvar al hombre entero, en cuerpo y alma. Su Iglesia no es sólo una comunidad de fe sino también de vida, y, por ello, cada uno debe sentir que hay en ella un hermano, una hermana. Visitar a los enfermos es una obra de misericordia.

• Desde el principio, la Iglesia ha mostrado siempre una solicitud especial para con los enfermos: "¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvara al enfermo, y el Señor hará que se levante, y, si hubiera cometido pecados, le serán perdonados" (Sant 5, 14-15).

En la actualidad, este sacramento se sigue administrando de la misma forma. El sacerdote, ministro ordinario del sacramento, ora por el enfermo y con el enfermo. Le unge en la frente y en las manos con óleo consagrado y dice: • "Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad".

La Unción de los enfermos no es sólo el sacramento de los que están a punto de morir. Puede administrarse a quienes se hallan en peligro de muerte por una enfermedad grave, pues toda enfermedad nos hace vislumbrar la muerte. Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante o cuando, debido a la edad avanzada, las fuerzas se debilitan (cf. CEC 1514- 1515).

En el curso de una misma enfermedad, no se repite la unción (porque este sacramento representa una consagración del estado de enfermedad), pero puede reiterarse si la enfermedad se agrava. Con mayor razón, la Unción puede administrarse a los que están a punto de morir. En este caso, después de la Unción, el enfermo recibe la sagrada Comunión como "viático" (= pan para el camino).

El efecto propio de este sacramento es un don del Espíritu Santo, que otorga al enfermo la gracia del consuelo, la paz y el buen ánimo; renueva su confianza y su fe en Dios, y lo fortalece contra las tentaciones de desaliento y angustia (cf. CEC 1520). Por esta gracia, Cristo "toma sobre él nuestras flaquezas y carga con nuestras enfermedades" (Mt 8, 17). Une al enfermo más íntimamente a su Pasión redentora y le hace participar en su obra de salvación, pues, como dice San Pablo, el enfermo "completa en su carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24). De este modo, el sufrimiento recibe un sentido nuevo: contribuye a la santificación de la Iglesia y al bien de todos los hombres por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios Padre. En algunos casos, si Dios así lo dispone, el sacramento puede obtener la curación del enfermo, como signo de que Dios ha visitado a su pueblo y su Reino está cerca.

El que confía su vida a Jesucristo y vive unido a él puede estar seguro de que ni en la enfermedad ni en el peligro de muerte será apartado de esa comunión. Los creyentes pueden apoyarse en su Señor.

El sacramento de la Unción de los enfermos puede administrarse en el hospital, en la propia casa, en una iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de enfermos. Siempre que sea posible, es conveniente que la Unción se celebre de forma comunitaria, e incluso dentro de la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor, en la cual los enfermos pueden comulgar.

El sacramento del Orden

Jesucristo es el único Sacerdote, el único Mediador entre Dios y los hombres (I Tim 2, 5), porque, por su Encarnación, es plenamente Dios y plenamente hombre, y realiza perfectamente la unión de las dos naturalezas en su única Persona; ofrece en la cruz el único sacrificio redentor que reconcilia todas las cosas con Dios (cf. CEC 1545).

El fundó la Iglesia como comunidad de alabanza y acción de gracias, de vida y de gozo en compartir. Todo bautizado y confirmado participa del sacerdocio de Cristo. Por eso se habla del "sacerdocio común" o sacerdocio bautismal. Esto significa que cada uno participa de la misión de Jesucristo, según su propia vocación. Por su vida de fe, esperanza y caridad -manifestación de la gracia bautismal en el Espíritu-, todo cristiano y toda cristiana es, en Cristo, sacerdote (se ofrece a sí mismo y a todos sus hermanos a Dios), profeta (es testigo de Dios y de su Buena Noticia) y rey (trabaja por el perfeccionamiento total de la creación según el designio de Dios).

Para que la Iglesia sea realmente el Cuerpo del que Cristo es la Cabeza (Col 1, 18), es preciso que Cristo-Cabeza esté visiblemente presente en su Iglesia, incluso después de su Ascensión a los cielos, cuando quedamos privados de su presencia sensible (cf. CEC 788). Esto se realiza por el sacerdocio ministerial que representa a Cristo, es decir, lo hace presente. Los ministros elegidos entre la comunidad de los fieles están al servicio de ésta, son servidores del sacerdocio común y del desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. Promueven su unidad y velan por la fidelidad común a la fe. Son consagrados para su ministerio (servicio) por el sacramento del Orden.

Ya durante su vida terrestre. Jesús eligió a doce varones de entre todos los discípulos y los llamó apóstoles (es decir, enviados). Los envía a proclamar el evangelio, realizar signos para mostrar la proximidad del Reino de Dios, bautizar y formar el nuevo pueblo de Dios en todas las naciones de la tierra. Después de Pentecostés, inspirados por el Espíritu Santo, predican primero en Jerusalén, después en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8). En todas partes fundan comunidades. Eligen de entre sus miembros a algunos "Ancianos" y los ponen al frente de dichas comunidades, y les transmiten su ministerio mediante la oración y la imposición de manos.Todavía hoy, el ministerio sacramental en la Iglesia tiene tres niveles: los obispos, los presbíteros y los diáconos.

• El obispo (término que proviene de la palabra griega episkopos, que significa "guardián") es sucesor de los apóstoles. Recibe la plenitud del sacramento del Orden (CEC 1557) por una efusión especial del Espíritu Santo, en virtud de la consagración realizada por la oración y la imposición de manos de otros obispos. El obispo gobierna una "diócesis". Es el responsable de la proclamación del evangelio, del culto divino, del anuncio de la fe, de la santificación del Pueblo de Dios al que conduce hacia el Reino, y de la solicitud por todos, especialmente por los más pequeños y los más pobres. Como sucesores de los apóstoles, los obispos deciden a quién van a confiar un ministerio en la Iglesia; ordenan presbíteros y diáconos. El primero de ellos es el obispo de Roma, el Papa. Es el sucesor de San Pedro, a quien el Resucitado confió su rebaño (Jn 21, 15-17).

• Los presbíteros (en griego: presbyteros, "el Anciano") son ordenados por el obispo para ser sus colaboradores, especialmente para el anuncio del evangelio y la celebración de los sacramentos. Investidos de la autoridad de Jesús, la mayor parte de ellos dirigen una parroquia (parte de una diócesis) y cuidan de ella. En la ordenación, el obispo es el primero en imponerles las manos; luego lo hacen todos los presbíteros presentes, como signo de comunión del colegio de los sacerdotes (el presbiterio) en torno al obispo, al que prometen obediencia.

• Fieles al espíritu de servicio que mostró Jesús, los diáconos (en griego: diako- nos, "servidor") son consagrados al servicio de la comunidad: servicio de caridad -sobre todo, de los pobres y enfermos-, servicio de la oración comunitaria, servicio de la Palabra y de la catequesis (cf. CEC 1570). Corresponde a los diáconos la distribución de la Eucaristía, administrar el Bautismo, bendecir la celebración del Matrimonio y presidir las exequias. Son ordenados mediante la imposición de manos del obispo.

Para confiar un ministerio en la iglesia a un varón, éste debe cumplir unas condiciones especiales. No se concede primacía ni al saber adquirido ni al origen de cada uno. Lo que cuenta es. sobre todo, la fe en Dios, la unión a Jesucristo y el amor a los hombres, singularmente a los pobres. Únicamente el que hace suyas las palabras de Jesús "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros... será esclavo de todos" (Me 10, 43-44) puede convertirse en signo visible del amor de Dios a los hombres.

En toda la Iglesia, el episcopado -del mismo modo que el presbiterado en la Iglesia de rito latino- está reservado a hombres célibes. El diaconado puede conferirse a hombres casados.

El Matrimonio

El hombre encuentra su propia identidad cuando ama. Porque Dios, que es Amor, lo creó a su imagen y semejanza: como varón y mujer (Gen 1, 27). Cuando un hombre y una mujer se encuentran, se aman y quieren vivir juntos, deben prepararse. Es el noviazgo, escuela de vida y de castidad, tiempo de gracia durante el cual profundizan en su proyecto de compromiso en el Matrimonio. En el sacramento del Matrimonio, se prometen fidelidad para toda la vida, dando libremente su consentimiento: es el consentimiento que constituye el Matrimonio. Entonces, su amor humano es transformado interiormente por el mismo amor de Dios, de modo que se dan el uno al otro este amor de Dios y se santifican mutuamente (cf. CEC 1639-1642). Y, como no se trata sólo del amor de esas dos personas, sino también del amor de Dios, se hacen esta promesa en público, ante la comunidad eclesial (representada sobre todo por los testigos) y ante el sacerdote. Éste representa a la Iglesia y les da la bendición nupcial, por la cual los esposos, ministros del sacramento, reciben el Espíritu Santo, que es quien realiza la Comunión de amor de Cristo y de la Iglesia (cf. CEC 1624).

Jesús nació y creció en el seno de una familia, donde la santidad de María y de José era eminente. En el umbral de su vida pública, realiza su primer signo y se revela a sus discípulos con ocasión de un banquete de boda (Jn 2, 1-11). "La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Cana. Ve en ella la Confirmación de la bondad del Matrimonio y el anuncio de que en adelante el Matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo" (CEC 1613).

La unión de los esposos se sella con su donación mutua: se convierten en "un solo cuerpo y una sola alma", y de esta manera logran su plenitud y su felicidad.

Por su misma naturaleza, el amor conyugal implica una superación de sí mismo y una apertura a la fecundidad. De la unión de los esposos puede nacer una nueva vida: el varón y la mujer llegan a ser padre y madre. Así se ensancha su vida.

Todo hijo es un don de Dios, pero también una misión. Por eso es conveniente que los esposos proyecten, en conciencia y ante Dios, el número de hijos y su capacidad de educarlos. Por eso también todo hijo tiene derecho a nacer en el seno de una familia formada sobre la base del Matrimonio.

"La unidad, la indisolubilidad y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio. La poligamia es incompatible con la unidad del matrimonio; el divorcio separa lo que Dios ha unido; el rechazo de la fecundidad priva a la vida conyugal de su 'don más excelente', el hijo" (CEC 1664).

El matrimonio es una unión para toda la vida. Jesús dice: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" (Mc 10, 9). Estas palabras son difíciles para muchos, porque no hay garantía de que la relación tenga éxito: las personas pueden equivocarse, el amor puede sucumbir en medio de la enfermedad y las desgracias. Es posible que dos personas que se amaban no lleguen a entenderse. No son capaces de dialogar entre sí; se hacen extraños el uno para el otro. En realidad, el sacramento del Matrimonio no debe ser un simple recuerdo de los tiempos felices. El sacramento recibido sigue siendo, cada día y hasta el fin, una fuente de gracia a la cual se puede volver sin cesar para obtener la renovación del amor mutuo, la fuerza del perdón, el apoyo en la prueba, el gozo de la fidelidad. Pero hay matrimonios que fracasan, y los cristianos deben confiar en que, incluso en ese caso, no pierden el amor de Dios y el amor de la Iglesia de Cristo (CEC 1649-51).

Sacramentales

"La santa madre Iglesia instituyó los sacramentales. Éstos son signos sagrados creados según el modelo de los sacramentos, por medio de los cuales se expresan efectos, sobre todo de carácter espiritual, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida" (Concilio Vaticano II. Sacrosanctum Concilium 60).

La Iglesia instituyó sacramentales para santificar ciertos ministerios, diversas circunstancias de la vida cristiana, así como el uso de ciertos objetos. Para ello se pronuncia una oración, acompañada a menudo de un determinado signo (por ejemplo, la imposición de manos, el signo de la cruz, la aspersión con agua bendita). Se habla de "consagración" de una persona (por ejemplo, la abadesa de un monasterio) o de un objeto (altar, iglesia, campana) cuando se dedica enteramente al culto divino. Se habla de "bendición" cuando tanto personas (niños, viajeros, peregrinos) como cosas (por ejemplo, una casa, unos alimentos, un automóvil, unos animales) son encomendados a la protección divina.

La Santa Misa

La Santa Misa consta de cuatro partes:

1a. Los ritos iniciales, con el saludo, el acto penitencial, el Kyrie eleyson, el himno de alabanza (el Gloria) y la oración colecta.

2a. La liturgia de la Palabra, en la que se proclaman tres pasajes de la Biblia: el primero está tomado del Antiguo Testamento o de los Hechos de los Apóstoles, el segundo, de las cartas (o epístolas) de los apóstoles, y finalmente un pasaje de los evangelios. El sacerdote explica la Palabra de Dios para que todos comprendan cómo se puede ser cristiano hoy día. En los domingos o en solemnidades especiales, la comunidad recita el Credo (o profesión de fe). En la oración universal, la comunidad presenta a Dios las necesidades de la Iglesia y del mundo.

3a. En la liturgia eucarística, la comunidad celebra la Cena del Señor. Se reúne en torno al altar, que es, a la vez, la piedra angular que representa a Cristo, el altar del sacrificio y la mesa del banquete (cf. CEC 1182 y 1383).

Se llevan al altar el pan y el vino y se presentan al Señor (ofertorio). Después, el sacerdote, que actúa en nombre de Cristo, recita la Plegaria Eucarística, que comienza con el Prefacio (gran oración de acción de gracias), luego ruega al Padre que envíe su Espíritu sobre los dones -para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo- y sobre los miembros de la asamblea que van a comulgar, para que sean un solo Cuerpo y un solo Espíritu. Esta oración se llama "epiclesis", de una palabra griega que significa "llamar sobre".

Después viene el relato de la institución en la última Cena:

• El sacerdote toma el pan y dice: "Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros".

• El sacerdote toma el cáliz y dice: "Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía".

Después de esto, tiene lugar el memorial (o anamnesis) del misterio de la Pascua y del Retorno de Cristo, y se presenta al Padre la ofrenda del Hijo (cf. CEC 1354). Continúa la oración con la intercesión de la Iglesia -unida a la de Cristo- por los vivos y difuntos, en comunión con toda la Iglesia del cielo (los santos) y de la tierra (el Papa, los obispos, tos ministros y todo el pueblo cristiano). La plegaria se termina con una solemne acción de gracias al Padre, por el Hijo, en la unidad del Espíritu Santo. Y todos los fieles responden "Amén", para manifestar su plena participación en la plegaria y la ofrenda del sacrificio.

Al final de la Plegaria Eucarística, los creyentes recitan el "Padrenuestro", la oración que Cristo nos enseñó, en la que pedimos que nos dé su pan y perdone nuestros pecados. El celebrante parte el pan consagrado (fracción del pan) y toda la asamblea se da la paz. Después, los fieles reciben el pan consagrado y, a veces, el cáliz de la salvación: son el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregado por nosotros.

4a. La celebración eucarística termina con la bendición y con la invitación a realizar la misión de dar testimonio de Jesucristo en la vida diaria.

Liturgia de la Palabra: Es la segunda parte de la celebración eucarística, y también de otros actos de culto divino en los que se lee públicamente y se explica un pasaje de la Sagrada Escritura.